domingo, 24 de febrero de 2013
.El arte de no hacer.
Un "break", probar a "no hacer", a simplemente "estar" o "ser". Ese es el gran desafío de hoy en día, en la época del llamado "ocio activo", porque incluso en nuestros momentos de ocio tenemos que estar haciendo cosas. Atreverse a la inactividad, o al menos a una actividad que no esté programada, y permitir que nos absorva por completo para que nos abra una nueva perspectiva.
Hoy en día no hacer nada se ha convertido en la forma más revolucionaria de disfrutar, cuando debería ser la más normal, es lo que lleva haciendo el ser humano toda la vida desde antes que hubiera tele, radio, revistas o incluso libros y no sabíamos leer. No hacer absolutamente nada es toda una osadía ahora que el tiempo libre adopta el ritmo propio del trabajo y se impone tener que planificarlo para obtener su máximo rendimiento.
Adormecerse en una playa o en el monte, tirado en el suelo, enfrascarse en una tarea, como un niño que juega y no hace nada más....una larga conversación distendida, o vaganundear sin tener donde ir, actividades tan sencillas son hoy en día auténticas terapias de reequilibrio psíquico y físico. Y solo son posibles en el marco de un tiempo realmente "libre", liberado de obligaciones, obligaciones que son a menudo creadas por nosotros mismos, aunque respaldadas por una sociedad dispuesta a hacernos creer que es normal consumir un bien tan preciado como es nuestro tiempo.
Trascender el tiempo, o sea, concederse el lujo de no tenerlo en cuenta, de no darle esa importancia social, de despojarlo de la apariencia de un calendario con el que lo hemos vestido, de quitarle esa imagen de reloj con el que lo imaginamos, imaginarlo como nuestro y sutil, produce un placer que tiene mucho alivio.
Porque ya vivimos el tiempo anticipándonos a que ocurra, ocupándolo de antemano con planes, compromisos y preparando lo que nos parecen ocasiones únicas que si no las aprovechamos no volverán, incluso planeamos estresadamente obtener tiempo en sí, y es que entre una cosa y otra, ahí es donde se nos va, por donde se nos escurre.
Deberíamos resistir el desfile de tentaciones y estímulos que nos hacen creer que nos van a hacer más felices en un futuro para aprovechar este presente inmediato.
Pero no es tarea fácil , ya que vivimos siempre en tensión y para un músculo acostumbrado a la acción, el ejercicio más difícil puede ser a veces el de relajarse.
El reto es conseguir parar, que el cuerpo y la mente pasen de ofrecer la resistencia de la inercia a interiorizar poco a poco que lo único que pide la ociosidad es ser consciente de la vida, y de nada más.
La felicidad de hacerse a un lado del camino, de abandonar por un tiempo toda forma de actividad, lleva a un bienestar que ya no recordamos, un bienestar del que venimos y al que sin duda alguna necesitamos de vez en cuando regresar.
domingo, 10 de febrero de 2013
.Coraje.
Fértiles anhelos, valiente coraje.
A menudo escuchamos que los valientes, los que se arriesgan, los que se la juegan y apuestan por una vida distinta, por crear nuevas circunstancias cuya contrucción se prevé difícil, incluso imposible, son unos locos. Pero es que quizá el coraje no tenga nada que ver con la locura. Probablemente el corazón más que la ausencia de miedo, es la consciencia de que hay algo por lo que merece la pena luchar.
El coraje es la fuerza al servicio de la consciencia. El coraje nos mueve por dentro porque creemos que aquello que queremos cambiar o construir tiene sentido, tiene tanto sentido que nos puede llevar a superar nuestros miedos, a enfrentar miedos internos para paritr en un viaje del cual regresaremos completamente transformados, bien porque hayamos logrado alcanzar el objetivo que nos llevó a partir o bien porque tras la aparente derrota habremos aprendido algo nuevo que nos llevará a ver con ojos distintos la vida, a saber un poco más de algo. Pero sea como sea, habremos crecido en el viaje interior.
Nuestros anhelos (las ganas de conseguir algo) y nuestro coraje (la fuerza) van a ir siempre de la mano. El anhelo nos invita a crecer y el coraje lo consigue, nos hace crecer. El primero es semilla, potencia, es idea; el segundo es acción, transformación, realidad. La danza entre ellos es la que transforma nuestra vida y por tanto todo lo que nos rodea.
A menudo escuchamos que los valientes, los que se arriesgan, los que se la juegan y apuestan por una vida distinta, por crear nuevas circunstancias cuya contrucción se prevé difícil, incluso imposible, son unos locos. Pero es que quizá el coraje no tenga nada que ver con la locura. Probablemente el corazón más que la ausencia de miedo, es la consciencia de que hay algo por lo que merece la pena luchar.
El coraje es la fuerza al servicio de la consciencia. El coraje nos mueve por dentro porque creemos que aquello que queremos cambiar o construir tiene sentido, tiene tanto sentido que nos puede llevar a superar nuestros miedos, a enfrentar miedos internos para paritr en un viaje del cual regresaremos completamente transformados, bien porque hayamos logrado alcanzar el objetivo que nos llevó a partir o bien porque tras la aparente derrota habremos aprendido algo nuevo que nos llevará a ver con ojos distintos la vida, a saber un poco más de algo. Pero sea como sea, habremos crecido en el viaje interior.
Nuestros anhelos (las ganas de conseguir algo) y nuestro coraje (la fuerza) van a ir siempre de la mano. El anhelo nos invita a crecer y el coraje lo consigue, nos hace crecer. El primero es semilla, potencia, es idea; el segundo es acción, transformación, realidad. La danza entre ellos es la que transforma nuestra vida y por tanto todo lo que nos rodea.
Para que pueda surgir lo posible,
es preciso intentar una y otra vez lo imposible.
Hermann Hesse.
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